lunes, 6 de julio de 2015

Relatos de finita... por Oswaldo Lorenzo Cabrera Medel

Hacienda Zoquiac, ubicada en el sur de Molcaxac. Foto: Haciendas del Estado de Puebla
Oswaldo Lorenzo Cabrera Medel*

El presente relato está integrado de las anécdotas y vivencias que mantuvo vivas Judith Lezama, hija de Herlindo Lezama, dueño de la hacienda Zoquiac, ubicada en el sur de Molcaxac. Durante la Revolución, Herlindo emigró a un lugar más seguro y cuando todo terminó, al igual que otros habitantes que también se habían marchado, regresó a Molcaxac. Gracias a estos personajes fue como la tradición oral de este pueblo sigue viva. Cuando hacían sus relatos, entre alegres y nostálgicos, contaban así:

“Con los tres clavos y la cruz, vaya delante de mí el Señor que murió en ella, hable y responda por mí. Dios padre me guarde, el Espíritu Santo me acompañe y me libre de todas mis penas. Amén”. En las tardes en las que el clima era cálido, Delfina Cabrera y Judith Lezama hablaban de sus tiempos. La mayoría de la población decía Finita a Delfina y Jucha a Judith. Las dos habían nacido a principios del siglo XX, pero nunca quisieron decir su edad. Finitaera hija de don Luis Cabrera, un próspero comerciante de Molcaxac. Siempre hablaba con mucha nostalgia y con muchas pausas. Decía:

“Qué buenos eran aquellos tiempos. Yo tuve oro en mis manos… Yo tuve dos casas...”. ‘Pero eso ya pasó –le decía su esposo don Lauro Morales–, mejor cuenta un cuento o canta un cantito de esos que tú cantabas en el coro’. ‘Del coro –respondía Finita– yo gocé en el coro, siempre cantábamos las misas y vísperas. Con la que más amistad tenía era con Judith, hija del hacendado Herlindo Lezama. Le hacíamos maldades al cantor, le pegábamos muñequitos de papel en su camisa por detrás y cuando terminaba la misa y salía, la mayoría de la gente sonreía. El cantor tocaba el órgano de fuelle’. Con la sonrisa en los labios Finita tarareaba y cantaba:

“No sé qué tienes, mi virgencita./ No sé qué tienes cuando me miras/ porque tus ojos son dos luceros./ Ay, quién pudiera, madre, mirarse en ellos/ porque tus ojos son dos luceros./ Ay, quién pudiera, madre, mirarse en ellos./ Tus hijos de Molcaxac son los mejores/ tus hijos de Molcaxac son los mejores/ porque la Virgen, porque la Virgen/ tiene guardados los corazones./ Porque la Virgen, porque la Virgen/ tiene guardados los corazones”.

Cuando Finita termina este canto, con la sonrisa en los labios continúa su relato: “Aquí en Molcaxac vivió un señor muy rico que tenía bastante dinero y ganado. Pero todos decían que tenía dinero del tenzo; el dinero no lo gastaba y animal que se moría no se lo comía sino que lo ponía a secar.

”Cuando este señor murió, mientras en su velorio se decía a media noche el ultimo rosario y la gente hacía la alabanza: «Señor, San Jerónimo, por dios fuiste enviado para salvar las almas, que están en el pecado», en todo el pueblo empezó a correr bastante viento, aumentó el frío, los perros comenzaron a aullar; se apagaron las farolas del parque, del atrio de la iglesia y las del kiosco —pues en ese tiempo no había luz eléctrica— y todos quienes velaban al muerto sintieron una ráfaga de aire que apagó las velas.

”Entonces se escuchó un traquidazo, como si rompieran una puerta y el viento frío que venía de la calle siguió entrando en la casa. Cuando el viento se calmó y encendieron las velas, hubieran visto cuál fue la sorpresa para los dolientes, que el muerto ya no estaba en la caja. ¡El diablo había venido por él, ya que todo el capital que tenía provenía de la venta de su cuerpo y alma y en el último momento el diablo cobró su cuenta!

”La gente asustada se empezó a retirar, afuera ya hacía poco viento y a lo lejos se escuchaba el aullar de los perros. Los familiares, asustados, rogaron a los que los acompañaban —que eran muy pocos— que no dijeran nada y en premio a ello les dieron tres pesos en oro, que pasado el tiempo se desaparecieron pues también era dinero del tenzo.

”Al otro día, para el entierro, le tuvieron que echar piedras a la caja para que pesara, y así enterraron puras piedras. Así que cada que escuchen aullar a los perros, que corra mucho viento frío y que se vaya la luz, es señal que el diablo habita el tenzo y que regresó a cobrar una deuda”.

Finita sonríe, sabe que la escuchamos atentamente y, de reojo, su esposo Lauro Morales le hace un gesto indicándole que continúe. Finita dice que fue maestra y que dio clase en lo que hoy es el salón de actos de la actual biblioteca municipal. En ese tiempo ese sitio era el aula del primer año del colegio Miguel Hidalgo y Costilla, pero después lo fue también de segundo y tercer año, porque sólo había dos maestros y además la mayoría de los niños cursaba el primer año, pues sus familias los mandaban a trabajar al campo o a cuidar chivos. La educación era financiada por el hacendado Herlindo Lezama y la gente pudiente del pueblo. De esa época Finita dice:

“A mí me gustaba dar clases, pero ¡ay de mis libros!, me los quemaron los zapatistas. Pero no eran zapatistas, aclara su esposo don Lauro: eran bandidos que decían que eran zapatistas.

“Zapata fue muy guapo; yo lo conocí, no sé a qué vino a Molcaxac, pero tuvo una reunión en la casa de Nieves Rosas, la que ahora es de Onésima Alcalá. La señorita Judith y yo lo esperamos a la salida, salió sin sombrero y después se lo puso. Bien me acuerdo que era un sombrero de ala ancha con barbiquejo de crin de caballo. Le dijimos que queríamos hablar con él; se nos quedó mirando y dijo que sí. Nos presentamos como las maestras del pueblo y le dijimos que bandidos que se decían que eran zapatistas nos habían quemado todos los libros y habían tirado la puerta de la escuela, donde se habían quedado a dormir.

“Cuando le estábamos hablando nos miraba fijamente con una mirada brillante y nos dijo: si ustedes enseñan a leer a la gente del campo qué bueno que lo hagan; y luego preguntó: ‘¿a poco no tienen dinero?’ Le dijimos que no; él dijo: pero si ustedes son las hijas de los ricos del pueblo. Le contestamos que sí pero que la situación había cambiado y no teníamos dinero ni libros.

“Entonces dijo: ‘bueno’ y ordenó que nos dieran dinero para comprar libros y componer la puerta del colegio, pero aclaró que seríamos vigiladas de que esto se cumpliera y que quien vigilaría sería Nieves Rosas.

”Sin decir nada, se montó en su caballo y se fue junto con sus soldados, tomando el rumbo del camino real que sale a un lado de la casa de Herlindo Lezama, que ahora es de Ezequiel Solís. Después de eso yo compré los libros. Judith se fue a Tepeaca, por el constante atraco de bandidos; luego Nieves también se fue, ya nadie quería aprender a leer y ya nada fue igual. En una ocasión los bandidos quemaron la puerta del templo y todas las casas de Molcaxac. Ahí se quemaron todos mis libros…”, finaliza.


*Cronista del municipio de Molcaxac, Puebla; integrante del Consejo de la Crónica del Estado de Puebla y químico fármaco biólogo de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


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